Por Paola Poblette
La sobreexplotación del acuífero en el Valle de Toluca se ha convertido en el principal factor detrás de los hundimientos y grietas registrados en la zona. De acuerdo con datos oficiales de la Comisión Nacional del Agua, este acuífero cuenta con una recarga media anual de 336.8 hectómetros cúbicos, mientras que el volumen de extracción alcanza los 411.9 hectómetros cúbicos al año. Esto representa un déficit operativo severo, extrayendo alrededor de 75.1 hectómetros cúbicos más de los que se logran recuperar de manera natural.
Estudios del Instituto de Geología de la Universidad Nacional Autónoma de México respaldan que el bombeo excesivo deriva en subsidencia regional y deformación del terreno. Al extraer volúmenes elevados de agua subterránea, disminuye la presión de poro en los materiales compresibles del subsuelo, favoreciendo su compactación progresiva. Por eso mismo, la velocidad y localización de estos hundimientos varían según el espesor de los sedimentos, la geología local y el acelerado crecimiento urbano que incrementa la impermeabilización del suelo.
Esta problemática representa un riesgo latente para la infraestructura local y los habitantes de la zona. Los asentamientos del terreno provocan severas fracturas en redes de agua potable, sistemas de drenaje, vialidades y viviendas particulares.
Por ello, especialistas señalan la urgencia de realizar monitoreos continuos e identificar las áreas más vulnerables para prevenir contingencias y mitigar los daños estructurales derivados del colapso del subsuelo.
