𝐏𝐨𝐫 π‰πšπ’π¦πž π’πšπ›πšπ¬ 𝐍𝐚𝐯𝐚𝐫𝐫𝐞𝐭𝐞 𝐎𝐬𝐨𝐫𝐒𝐨

La polΓ­tica en nuestro paΓ­s se ha convertido en un espectΓ‘culo de promesas, discursos de transformaciΓ³n y personajes que parecen tener una habilidad extraordinaria, el cambiar de partido sin cambiar de ambiciones. Hoy defienden un color, maΓ±ana otro y curiosamente, siempre encuentran la manera de mantenerse cerca del poder.

Mientras tanto, el pueblo sigue esperando resultados.

Surge una pregunta incΓ³moda, pero necesaria, ΒΏcuΓ‘ntas veces mΓ‘s vamos a permitir que nos vendan como una transformaciΓ³n lo que en ocasiones, parece ser simplemente una renovaciΓ³n de imagen?

No es algo nuevo el chapulineo polΓ­tico, pero sΓ­ resulta cada vez mΓ‘s cuestionable cuando quienes ayer descalificaban a una fuerza polΓ­tica hoy se convierten en sus principales defensores. Los mismos que seΓ±alaban los errores de sus adversarios terminan compartiendo proyectos, candidaturas y espacios con ellos. De pronto, lo que antes era inaceptable se vuelve negociable.

Sera que, ΒΏCambiΓ³ su ideologΓ­a? ΒΏReconocieron errores? ΒΏEncontraron una causa que antes no comprendΓ­an? ΒΏO simplemente cambiΓ³ el lugar desde donde podΓ­an ejercer el poder?

Es difΓ­cil afirmar que todos cambian de partido por conveniencia, pero tampoco debemos aceptar ingenuamente cada incorporaciΓ³n como una conversiΓ³n ideolΓ³gica, la ciudadanΓ­a tiene derecho a preguntar, investigar y exigir explicaciones.

Ya que, si un polΓ­tico puede pasar de un partido a otro sin explicar sus contradicciones, sin rendir cuentas por su pasado y sin demostrar quΓ© aprendiΓ³ de sus errores, entonces el problema no es solamente ese personaje, tambiΓ©n lo es un sistema que parece premiar la supervivencia polΓ­tica por encima de la congruencia.

AquΓ­ es donde los partidos tienen mucho que explicar.

ΒΏDΓ³nde quedΓ³ la renovaciΓ³n de la polΓ­tica, si para construir su futuro, algunas fuerzas terminan recurriendo a los mismos cuadros que durante aΓ±os representaron aquello que prometieron combatir?

Es cierto, las siglas cambian, los discursos se actualizan y las banderas se levantan con nuevos colores, pero las viejas estructuras encuentran la manera de acomodarse. Los grupos negocian, las lealtades se intercambian y las candidaturas se convierten en ocasiones, en el centro de una disputa donde las necesidades ciudadanas pasan a segundo plano.

Lo verdaderamente preocupante es que algunos partidos parecen mΓ‘s interesados en sumar personajes conocidos que en formar ciudadanos preparados para gobernar, como si ganar una elecciΓ³n fuera suficiente, aunque para conseguirlo tengan que renunciar a los principios que les dieron origen. Pero ganar elecciones no es lo mismo que transformar la vida de la gente.

Nuestro MΓ©xico no necesita polΓ­ticos expertos en cambiarse de camiseta; necesita polΓ­ticos capaces de cambiar la realidad de quienes menos tienen.

Se necesitan cuadros nuevos, no solamente rostros nuevos. Personas que conozcan las carencias de sus comunidades, que hayan trabajado fuera de las estructuras tradicionales, que tengan preparaciΓ³n, sensibilidad social y la valentΓ­a de cuestionar incluso a su propio partido polΓ­tico cuando las decisiones sean equivocas.

La soluciΓ³n no consiste en creer que todo joven es mejor que un polΓ­tico experimentado, la verdadera renovaciΓ³n depende de las ideas, la honestidad, la capacidad y los resultados. Pero tampoco podemos seguir cerrando las puertas a nuevos liderazgos para proteger a quienes llevan aΓ±os ocupando los mismos espacios.

La fuerza polΓ­tica que realmente aspire a transformar al paΓ­s debe demostrarlo desde adentro, abriendo oportunidades, transparentando sus decisiones, estableciendo mecanismos de evaluaciΓ³n y dejando de tratar las candidaturas como premios para quienes acumulan relaciones o garantizan lealtades.

Porque de no ser asΓ­, la palabra β€œtransformaciΓ³n” corre el riesgo de convertirse en una etiqueta publicitaria, atractiva durante las elecciones, pero insuficiente cuando la ciudadanΓ­a exige resultados.

Pero nosotros, como sociedad, tambiΓ©n debemos hacer una autocrΓ­tica.

ΒΏDe quΓ© sirve denunciar las malas prΓ‘cticas de un partido si justificamos exactamente las mismas cuando las comete el nuestro? ΒΏQuΓ© sentido tiene exigir honestidad si defendemos a un polΓ­tico cuestionado solamente porque comparte nuestros colores? ΒΏEn quΓ© momento dejamos de evaluar a quienes gobiernan para convertirnos en sus defensores incondicionales?, los apoyos sociales o las dadivas no fundamentan el defender los colores afines.

No hay partido polΓ­tico que merezca nuestra lealtad por encima de MΓ©xico, y ningΓΊn polΓ­tico debe sentirse dueΓ±o de la confianza ciudadana.

Nuestra democracia no consiste en aplaudir todo lo que hace el gobierno ni en condenar todo lo que hace la oposiciΓ³n. Consiste en evaluar, comparar, cuestionar y exigir, sin importar quiΓ©n tenga el poder en turno.

Como mexicanos necesitamos gobiernos cumplidores, no administraciones que vivan de justificar sus errores culpando al pasado. Necesitamos representantes que entiendan que una promesa incumplida tiene consecuencias en la vida de una familia, que una calle abandonada afecta a una comunidad y que la falta de oportunidades puede cambiar el futuro de toda una generaciΓ³n.

Basta de creer que cambiar de color equivale automΓ‘ticamente a cambiar de rumbo.

Deben entender los partidos polΓ­ticos que la confianza ciudadana no es una propiedad que se hereda ni un cheque en blanco que se obtiene en las urnas. Esta confianza ciudadana se construye con hechos, se sostiene con resultados y se pierde cuando las promesas se convierten en costumbre y las explicaciones sustituyen al cumplimiento.

Como ciudadanos tenemos que responder una pregunta sencilla, ΒΏqueremos una polΓ­tica que siga reciclando a sus protagonistas o una que tenga el valor de abrirle paso a quienes verdaderamente quieren servir?

Si los partidos no son capaces de renovarse, la ciudadanΓ­a debe ser capaz de exigirlo y si los polΓ­ticos no entienden que el poder es temporal, nosotros debemos recordarles que ningΓΊn cargo estΓ‘ por encima del pueblo.

Ya que MΓ©xico no necesita otra colecciΓ³n de discursos, logotipos o promesas rimbombantes, necesita una generaciΓ³n de polΓ­ticos que demuestre con hechos que la polΓ­tica todavΓ­a puede ser una herramienta para resolver problemas y mejorar vidas.

Quiero aclarar que no se trata de defender un color ni de atacar otro, se trata de dejar de confundir la lealtad partidista con la responsabilidad ciudadana.

Porque cuando un polΓ­tico cambia de partido, pero no cambia su manera de ejercer el poder, la pregunta no es quΓ© nuevo proyecto representa, sino quΓ© tan diferente serΓ‘ realmente su desempeΓ±o.

Pero eso si, mientras no tengamos respuestas claras, el pueblo tiene todo el derecho de desconfiar, cuestionar y exigir algo mejor. Ya que los colores pertenecen a los partidos. El poder pertenece a las instituciones y la soberanΓ­a reside en el pueblo. Que ningΓΊn polΓ­tico vuelva a confundir esas cosas.

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